No es complicado representarnos en nuestra mente la figura de una persona con discapacidad. Seguramente no me equivoque al pensar que la mayoría de aquellas personas que lo hayan hecho en este momento se habrán imaginado un hombre sentado en una silla de ruedas o quizás abriéndose camino con un bastón y la mirada perdida. ¿Acerté?
Esta asociación de ideas tiene una sencilla explicación: estamos habituados/as a percibir ambas imágenes con cierta frecuencia. En el mobiliario urbano se muestra profusamente este colectivo: en la calle las podemos ver en señales de aparcamiento, en los rótulos de los puestos de lotería… De este modo nuestra mente, de forma inconsciente y arbitraria, interioriza estas imágenes, al igual que lo hace con el significado del color rojo (parar, ocupado, prohibido) y del verde (pasar, libre, permitido). ¿Qué sucedería si cambiáramos sus significados de repente? Esta asociación es la misma que provoca que nuestra concepción de la discapacidad se base en estereotipos infundados, y los acojamos como ciertos.
Por ello existe la necesidad de reflexionar sobre la concepción que tenemos acerca de la discapacidad. ¿Es la acertada? ¿O quizás nos estemos equivocando sin ni siquiera pararnos a pensar si estamos en un error?
No todas las personas con discapacidad física van en silla de ruedas, ni todas aquellas que tienen una deficiencia visual usan bastón, y por supuesto existen otros tipos de discapacidades. Se crea pues la necesidad de deconstruir aquellas ideas infundadas que tenemos acerca de la discapacidad y empezar a levantar unos cimientos que formen una visión mucho más real.
Uno de los primeros pasos que hay que dar es referirnos a este colectivo de la forma más adecuada posible. Pues aunque pensemos que lo realmente importante sea la forma de tratar y la actitud hacia estas personas, debemos tener en cuenta que el lenguaje crea pensamiento. Los seres humanos nos diferenciamos de los animales en el uso del lenguaje, que nos permite, además de pensar, razonar. Cada palabra o concepto lleva asociado consigo una idea, una idea que cambia y evoluciona a través de su uso a lo largo de la historia. Por ejemplo, si nos referimos a una persona que tiene ciertas dificultades de aprendizaje como “subnormal” (término que, por cierto, ya se ha eliminado de nuestro diccionario, aunque algunas personas lo sigan utilizando), la estamos concibiendo en nuestra mente como alguien que está por debajo de lo normal, relegándola automáticamente a una situación de inferioridad con respecto a nosotros, sin pararnos ni siquiera a pensar si esta persona puede ser mejor que nosotros en algún campo, ya sea físico o intelectual. Lo mismo sucede con los términos minusválido/a (menos valido/a que), inválido/a (no válido/a para) discapacitado/a (no capacitado/a para). La gente los sigue usando sin pensar cómo se está refiriendo a estas personas, ni ser consciente de cómo ello afecta a su concepción de la discapacidad, o mejor dicho, de la diversidad funcional, término por el cual apostamos. Y ¿Por qué diversidad funcional?
El término diversidad funcional es relativamente reciente, fue acuñado por el movimiento de vida independiente hace unas décadas. Aunque es todavía bastante desconocido, creemos que es el más adecuado para referirnos a este colectivo. Estas dos palabras vienen a significar diferentes maneras de desempeñar una determinada actividad de la vida diaria. En este mundo nadie es igual a nadie, la riqueza del ser humano radica entonces en su diferencia con respecto a cualquier otro ser humano. Por ejemplo, aunque de forma global se camine sobre nuestras dos extremidades inferiores, no existe ningún ser humano que camine exactamente igual a otro. Cuántas veces hemos dicho: fulanito camina igual que su padre, bueno, como es más alto da zancadas más grandes, pero tiene un gran parecido. Luego están los niños/as que más que caminar corretean, de más mayores usan sus patines para ir de un lugar a otro, los jóvenes suelen caminar deprisa, la gente mayor despacio, algunos corren, otros pasean, otros usan un bastón para desplazarse, también hay parejas que caminan de la mano, o amigos que se agarran de los hombros, las/los modelos andan de forma bien extraña… En definitiva, sin darnos cuenta el ser humano hace uso de multitud de variantes meramente para desplazarse de un sitio a otro, por lo cual la silla de ruedas o las muletas no son más que una de esas formas. Sucede lo mismo con cualquier otra actividad de la vida diaria.
La persona que supuestamente no tiene ninguna diversidad funcional aparente de cara a la sociedad nunca se plantea si realmente tiene alguna. Que no nos demos cuenta que la tenemos (la diversidad funcional) no quiere decir precisamente que no la tengamos. Estoy segura que en el transcurso del día de hoy en algún momento dado todos habremos necesitado ayuda, bien sea de otra persona o de alguna adaptación técnica. Por ejemplo, si se están utilizando lentes para leer este artículo, eso es una adaptación, pues sin ella nos sería imposible o muy difícil leerlo. También si se ha precisado de un taburete o de una persona más alta para alcanzar algo, eso es ayuda técnica o personal. Lo mismo pasa cuando alguien nos explica algo que no entendemos, o nos traduce de un idioma que desconocemos, etc.
En definitiva todo el mundo tenemos una o varias diversidades funcionales, aunque no nos percatemos de ello. Pueden ser más visibles o menos, necesitar adaptaciones sencillas o un poco más complicadas, pero todas las personas en algún momento de nuestra vida diaria necesitamos de esos soportes para poderla desarrollar sin problemas. Por consiguiente todos/as tenemos alguna o varias diversidades funcionales.
Por otra parte, se suele pensar que la diversidad funcional es algo ajeno a nuestra persona, que le sucede a otra gente. No nos paramos a pensar en que mañana podamos ser nosotros los que nos desplacemos en silla de ruedas, o los que no recordemos el nombre de nuestra hija, o los que no podamos seguir una conversación al no poder escuchar como lo habíamos hecho hasta ahora. Tampoco nos planteamos que le pueda pasar a nuestros hijos, padres, pareja, amistades. Simplemente la mayoría de la población lo percibe como algo que le sucede a los demás, algo ajeno a su persona.
Para terminar con este apartado, decir que personalmente pienso que no es la diversidad funcional la que se ha de adaptar a nuestra sociedad, sino que es esta la que se debe moldear respecto a ella, pues se quiera o no, está inevitablemente presente, como un colectivo más con las capacidades y necesidades propias, diferentes, pero iguales a cualquier otro grupo.
Información extraída de:
SENENT RAMOS M. (2011) Arte y discapacidad, otra visión del arte. ACEN, Castellón. ….
SENENT, Marta (2011). La educación hacia la diversidad funcional a través del arte. Revista Quaderns Digitals núm. 69 (Actas Congreso Mejora Educativa y Ciudadanía Crítica). Novembre 2011. Faura (València) ISSN 1575-9393